EL RIGOR DE LOS CLASICISTAS
(Para mi buen amigo Vanbrugh)
A la hora de buscarle su fundamento a la publicación del texto que constituye el meollo de esta, llamémosla, átipica entrada, considero interesante que conozcan ustedes los escuetos razonamientos que su inspirador, e instigador, me expuso, a través del correo electrónico, cuando, también a través del correo electrónico, le planteé dicha posibilidad. Consideró esta persona:
"... En la poca autoridad que se siga de esta autoría mía, que es la moral que bondadosamente me reconoces, ya he decidido: publícalo, si es tu deseo. Más allá de eso no puedo ser yo quien decida. ¿Le gustará a nuestro público? Probablemente. Al público siempre le gusta que le den más de lo que ya conoce. El pedante del Vanbrugh apretándole los tornillos a Bluff, el santo de Bluff no solo permitiéndoselo, sino jaleándoselo y publicándoselo. Vanbrugh surfeando con ocurrencias ajenas, Bluff disfrutando con que hablen de él, aunque sea mal. Perfecto. Número conocido, que nos sale muy bien. Les encantará, de hecho...".
¿Intuyen ya, con esos indicios, estando esos dos estrafalarios sujetos de por medio, cuál va a poder ser el tema central del post?. ¿No?. De ser así no me sorpredería, las pistas que se les han brindado al efecto no creo que puedan calificarse de sobradas. Pero tampoco lo contrario me llenaría de extrañeza, ya que, mal que nos pese a ambos, Vanbrugh y yo, los dos, podemos ser en ocasiones, bastante ocasiones, previsibles, bastante previsibles. Entonces... (tres puntitos)
... no van a ser sino ese insaciable afán de notoriedad que adereza mis intervenciones en el casi infinito mundo blogsférico y el magnánimo afán instructor de Vanbrugh que alienta las suyas en orden a poder adecentar gramaticalmente los escritos de los indoctos inquilinos de aquél, los principales acicates que me impulsan a exhibir aquí la despiadada e infamante crítica (con clarividencias como la de él, valen más las tinieblas) realizada por el siniestro personaje de mi maravilloso, genial, casi pluscuamperfecto post: "EL SNOBISMO DE LOS SNOBISTAS" (un título absorbentemente daliniano).
Entonces... queridos lectores... sufridos vástagos de Job que aún no me habéis abandonado, aunque os cueste un mundo, reprímios, que no hagan mella en vuestra exquisita sensibilidad las diatribas de ese pedazo de cabr... (tres puntitos). No cerréis la pantalla. Tómaos vuestro tiempo, respirad. E intentad que os aproveche lo que de cierto pudieren contener sus melindres. ¿Lo habrá?.
Así pues, soportando (¡toma gerundio!) a duras penas las reprimendas del felón haced bueno por esta vez su vaticinio: "al público siempre le gusta que le den más de lo que ya conoce".
¡Ay, cómo me gusta "er público"! ¡Ay, cómo se me ve el plumero!
LA CRITICA
Como creo que cualquier opinión que llegare (¿Por qué “llegare”? Es un tiempo verbal inusual, cuyo exacto significado se ha perdido en la práctica - porque no lo conoce ni el cinco por ciento de los hablantes - y que, en cualquier caso aquí lo único que hace es dar a la frase un color entre exótico y arcaico que distrae, ya de entrada, sobre su significado, centrando la atención del lector en la forma, en vez de en el fondo. Me parece, por todo ello, no ya ineficaz, sino contraproducente. Lo cambiaría por “que pueda llegar”) a sustentarse sobre (“Sustentarse sobre” es correcto, pero enormemente equívoco. Parece que la opinión “se apoya sobre El Snobismo”, cuando en realidad “es sustentada - mantenida -… acerca de El Snobismo”. Una vez más, el lector se distrae de lo que quieres decir por la forma dificultosa en que lo dices.) "El snobismo de las golondrinas" donde no se califique a la obra de auténtica joya, de maravilla, incurriría en una falta de sensibilidad -e, incluso, de criterio- imperdonables, (La introducción de ese “incluso” jerarquiza la sensibilidad y el criterio, como si el segundo estuviera más allá o fuera más importante que la primera. No veo por qué ha de ser así, pero, si tú sí lo ves, deberías explicarlo. Por otra parte es la “falta”, singular, la que sería “imperdonable”, también en singular. No “imperdonables”, que así, en plural, parece calificar conjuntamente a la sensibilidad y al criterio, y no a su falta. Por último, poner entre guiones al “criterio”, enfáticamente precedido de su “incluso”, complica innecesariamente la frase. Los guiones y los paréntesis, a los que personalmente soy muy aficionado, deben usarse cuando no haya otro remedio. Esta frase quedaría a mi juicio mucho mejor así: “incurriría en una falta imperdonable de sensibilidad e incluso de criterio”. Así, sin comas - que casi siempre sobran - y sin guiones. Y si le quitas el “incluso”, pues incluso mejor.) me caben dudas a la hora de ofrecer estas líneas en el concepto de crítica literaria. (La expresión “a la hora de” indica cuándo te caben las dudas, pero no sobre qué. La frase se queda coja. Cuando ofreces estas líneas en concepto de... te caben dudas… ¿acerca de qué cuestión? Yo habría dicho “me caben dudas sobre si ofrecer estas líneas en concepto de crítica…” “En concepto de”, no “en EL concepto de”.) Ya lo ven, en mi juicio sobre el libro no tienen hueco alguno las pegas, ni un pequeñito pero se me ocurre oponerle a su texto, y... con esas premisas... ¿cómo atribuirnos (Por qué “atribuirNOS”? ¿Por qué ahora eres primera persona del plural, cuando llevabas toda la frase - “se ME ocurre” - siéndolo del singular? ¿Tú y quién más, de repente, OS atribuís, o dudáis sobre si hacerlo, lo que hasta ese momento era cuestión estrictamente tuya?) la condición de críticos sin despertar en los que nos lean sospechas de entreguismo o capricho?.
Pero bástese (¿Por qué “básteSE”? ¿Desde cuando el verbo bastar es reflexivo? - Puede serlo, pero entonces no llevan “para” y su significado es otro. -¿Y por qué en subjuntivo, “baste”, y no “basta”, en indicativo? Basta decir “Basta que el libro sea buenísimo”, y vamos que chutamos. Las cosas bastan para, no “se” bastan para.) que el libro sea buenísimo y, a mi juicio, suponga un reto poco menos que imposible encontrar a lo largo de sus más de mil páginas la menor flaqueza -ni argumental ni tampoco estilística- (Una vez más: ¿para qué los guiones? ¿Para qué tanto “ni”? ¿Para qué el “tampoco”? ¿Qué problema hay en decir “la menor flaqueza argumental ni estilística”, una frase tan sencilla y tan directamente inteligible, en vez de volverla complicada, enfática y oscura metiendo las especificaciones entre rayitas, como si fueran una extraña y sutilísima consideración, y no un par de honrados adjetivos haciendo su obvio trabajo a la luz del día?) que opaque su valía, (Seré tiquismiquis: ¿te parece opacar el verbo adecuado? ¿Es la valía algo que se distinga especialmente por su brillo, para que llamemos “opacar” al proceso de disminuirla? “Opacar la valía” parece referirse a “impedir que pueda ser apreciada”, más que a “reducirla”. Sin embargo las flaquezas que el libro podría tener y no tiene, si existieran, no se limitarían a impedir que fuera apreciada una valía sustancialmente invariable, esto es, a opacarla o quitarle brillo, sino que la disminuirían objetivamente, es decir, tendrían como consecuencia una valía efectivamente menor, no solo menos visible, menos brillante o más opaca. “Opacar” es una palabra preciosa, de acuerdo, y usarla una tentación irresistible; pero es que las palabras que usamos tienen consecuencias sobre el significado que queremos transmitir, además y antes que sobre el efecto sonoro que queremos producir.) para que, precisamente por eso, me apetezca a mi hablar de él. Considerémosles entonces, si así lo preferimos, una especie de evocación, de spleen, a mis palabras. (¿”ConsiderémosLES”? ¿A quiénes? ¿A tus palabras? Entonces, sin duda, “ConsiderémosLAS”. Bueno, y aunque no sean “tus palabras” las consideradas – cuestión que, lo siento, no queda muy clara - también. O “LAS” o “LOS”, nunca “LES”. “Les” es un pronombre que se refiere SIEMPRE a un objeto indirecto, y aquí no hay. El verbo “considerar” no admite objetos indirectos. Por lo que el pronombre solo puede referirse al directo – a lo que debe ser considerado-, sean las palabras o lo que fueren; y siendo así, el pronombre tendrá que ser LAS o LOS, pero nunca LES. Mejor, para atajar equívocos innecesarios y evitar al lector la tortícolis mental que a estas alturas empieza a amagarle, descompliquemos la frase una vez más. ¿Qué tal “Consideremos mis palabras, si así lo preferimos, una especie de…”? ¿Cómo lo ves?) (Por no decirte nada del “spleen”, claro, sobre el que ya me despaché a gusto en los comentarios.) Que sean escuchadas estas (Como los guiones, como los paréntesis, los pronombres demostrativos deben usarse solo y estrictamente cuando no queda otro remedio. Y casi siempre queda otro remedio, más aún si tenemos en cuenta que, al contrario que los guiones y los paréntesis, estos benditos pronombres, lejos de embellecer la frase, le dan un tinte burocrático de atestado judicial o de informe jurídico francamente detestable. Quiero decir que el “estas” sobra total y escandalosamente. Es evidente que sigues hablando de “tus palabras”, no hay la menor necesidad de añadir “estas” tras “que sean escuchadas” y no solo no es necesario sino que estorba, hincha y afea.) como una modesta coda a lo que allí (¿”Allí”? ¿Dónde es “allí”? En el libro de Wiesenthal, me imagino. Pero no basta con imaginar que lo imaginaré. O el libro de Wiesenthal ha sido expresamente citado hace no más de dos o tres frases, o no podemos decir “allí” cuando lo que queremos decir es “en el libro de Wiesenthal”.) aparece escrito. Unos acordes -no demasiado desafortunados, espero- (Voy a ser bueno y no voy a decirte nada - bueno, solo esto - de estos últimos guiones, que, aunque yo no los habría puesto, son los que menos sobran de todos los vistos) que consigan, siquiera… borrosamente… vagamente… (Los puntos suspensivos, SIEMPRE, de tres en tres. No dos, ni cuatro: tres. Excepto si los remata un signo de admiración o de interrogación, los cuales, como te hacía notar ama de casa, ya llevan debajo su propio puntito que hace las veces, bien del tercero de los suspensivos, bien del final de la frase; por lo que, tras ellos ya NO hay que escribir otro.) evocar los arpegios de la grande orchestre. (Ahí sí que me has dao. ¿Por qué “grande orchestre”, vamos a ver? ¿Por qué en francés? ¿Es francés Wiesenthal? ¿Son especialmente francesas las grandes orquestas? ¿Hay algún motivo para que sea más apropiado decirlo en francés que decirlo en español?) ¡Voila!.
Mauricio Wiesenthal se amiga con su memoria, al calor del vino, al color del vuelo de las golondrinas, serenamente envuelto en sus recuerdos como en una capa (de la que sus apuntes, sus notas, sus bosquejos del ayer componen el embozo) y nos adentra, con una de sus manos de hombre sabio abarcándonos los hombros (O tenemos unos hombros muy estrechos o Wiesenthal tiene muy grande al menos una de sus manos. ¿No sería más cómodo para ambos que nos los abarcara con uno de sus brazos?) en los que acostumbra a encaramarse la rutina, en un viaje apasionante por la Europa de ayer. La Europa que él amó y continua, esperemos que sea por muchos siglos, amando (Aprecio en lo que valen, y comparto en lo razonable, tus buenos deseos en lo concerniente a la longevidad, cuanto más longe mejor, de D. Mauricio. Pero “muchos siglos”, sinceramente, me parece una exageración.). Sus hombres, sus gestas, sus indignidades y sobre todo, y ante todo, las ciudades opulentas y únicas que aquellos habitaron y en las que tuvieron lugar los hechos de sus vidas.
Un viaje por Europa, sin prisas y sin atajos. Deleitándonos con el paisaje y con las ocurrencias de los compañeros de vagón. También con el tren mismo, ¡claro! Y en la tarea de ser cicerone nuestro por ese periplo inolvidable, Mauricio nos brinda un texto ágil, vibrante, soñador, que casi siempre es música y sólo, (Como algunas otras que no te he señalado, la coma anterior sobra por entero. Poner comas es un arte, cuya guinda es el uso correcto del punto y coma; pero si no se domina, en la duda, mucho mejor omitir una coma que ponerla. Una coma de menos es un error evidente, fácilmente atribuíble a errata y muy disculpable, y el ojo se la imagina rápidamente donde debería estar sin que el texto sufra menoscabo. Una coma de más, en cambio, es una especie de impertinencia irritante e inoportuna, y contagia de petulancia a todo su párrafo. A mí, además, me pone de muy mal humor. Como los guiones, los paréntesis, los pronombres demostrativos y los gerundios - como casi todo, escribiendo - las comas solo deben ponerse donde no quede otro remedio. (En general, solo deberíamos escribir cuando no nos quedara otro remedio). Te señalo esta porque afea innecesariamente una frase que es de las pocas que me gusta sin ambages ni reparos, en cuanto al fondo y en cuanto a la forma, de todo tu texto) en las contadas excepciones en las que decide disociarse del tono -el traquetreo del tren, un desengaño, una digestión pesada- poesía; una poesía aromática y perdida. Solícita. Frutal.
Hablándonos del café Procope, de París, Wiesenthal nos apercibe:
"A veces me apoderaba de alguna de aquellas muchachas solitarias del Procope y -después de quitarle las medias de colores- (Ya veo que no eres el único que mete entre guiones sin necesidad lo que estaría mucho mejor sin ellos. Cuando veas a Wiesenthal, se lo dices de mi parte.)la metía en mis páginas, convertida en marquesa, en esposa infiel de un magistrado o en reina del Molin Rouge. Pero algunos días venía a buscarlas un señor rico y se las llevaba de las páginas de mi cuento, antes de que yo consiguiera rescatarlas de sus tristezas. Las sustituía entonces por los árboles desnudos del invierno de París. Quedaba más afinado el cuento al cambiar algunos abrigos de pieles por el frío vivo y claro de las orillas del Sena".
y nosotros volvemos a saber, y esta vez eso va a ocurrirnos ya de manera incontestable, que todo a nuestro alrededor es maravilla, y si nos los proponemos hasta fantasía, (¿Hay algún motivo para dar por supuesto que “fantasía” sea un grado más de algo que “maravilla”? Porque sólo esa suposición justifica el “hasta” y el “y si nos lo proponemos”. Sin proponérnoslo, llegamos a la maravilla; y, con un poco más de esfuerzo propositivo, “hasta” la fantasía. ¿No deberías explicar por qué es esto así, si crees que lo es, en vez de darlo por supuesto? Una vez más el lector, por lo menos este lector, se pierde el fondo por atender a inexplicadas e inexplicables extravagancias de la forma. Me parece mala estrategia la que, en vez de llamar la atención del visitante sobre los cuadros del museo, le obliga a desentrañar dificultosamente unas señales indicadoras deliberadamente estrambóticas, tirando a jeroglíficas y que parecen más interesadas en que te fijes en ellas que en indicarte nada.) y vamos a ser conscientes de que aunque un señor orondo y perfumado se cuele en nuestra vida con las manos repletas de brillantes para arrebatarnos a nuestras princesas favoritas, siempre nos quedaran los árboles del otoño desnudos de hojas para que nuestro amor no se nos pudra por entre las vísceras. (Confieso haberme perdido más o menos cuando apareció el señor orondo, pero aquí no tengo ningún reproche que hacerte. Sin duda estás diciendo muy bien lo que quieras decir, aunque yo, por evidente defecto, esta vez de mis entendederas, no tenga ni idea de qué princesas son las que nos arrebata, ni por qué ni cómo lo hace, ni por qué nos quedamos tan anchos ante el secuestro y aceptamos la sustitución de las señoritas, sean quienes fueren, por unos cuantos árboles pelados que tienen, al parecer, propiedades imputrescentes.¡Eucaliptos, quizás? ¿Alcanforeros? Intuyo una complicada y para mí inalcanzable metáfora tras todo ello. Ya me callo.) ¡Maravillosos árboles que son capaces de suplantar, con su sinceridad y su finura, hasta a la más hermosa de entre todas ellas! ¡Maravillosas ciudades: París, Londres, Sevilla, Estocolmo, Viena... que guarecen entre sus calles, sus plazas, en sus rotondas de edificaciones hermosísimas, a unos y otras!
Unas pocas líneas antes, y tras revelarnos que su evocación de las mujeres del Procope proviene de sus primeros años de escritor, el autor nos ha confiado:
"Era la primera hora de mi literatura y ya escribía a golpes de corazón y con un desinterés absoluto por todas las modas, buscando mis palabras en el tesoro de la lengua española, acumulando gerundios y esdrújulas, oraciones subordinadas y aposiciones, sonantes y consonantes, silencios, puntos suspensivos y frases largas, buscando sólo el aliento de mi alma, el calor de mi inspiración y la luz de mis pensamientos. Escribir es como viajar: no dejar nunca que la frase principal te haga olvidar la importancia de las frases subordinadas".(Decididamente, Wiesenthal no te conviene. Es una mala influencia para ti. Estas afirmaciones deletéreas y subversivas podemos leerlas sin sufrir trastornos de consideración las gentes de estilo austero, funcional y encaminado por derecho al grano. Tú, no. Completamente contraindicadas, en tu caso. Tú deberías encerrarte una temporada con las obras completas de Dashiell Hammet, por ejemplo, traducidas por algún castellano de pocas palabras. O, mira, con las de Baroja. No es de mi devoción, como sabes, pero por aquí no peca. No le van las refitolerías y nunca deja que las frases subordinadas le hagan olvidar la importancia de la principal que, en esencia, es de lo que se trata.)
y así ha seguido, ha continuado él (¿”él”? ¿Para qué pones ese “él”? ¿Quién, si no? Y ¿añade “continuar” algún matiz a “seguir” que justifique ese “ha seguido, ha continuado”? No puedo evitar que esta proliferación innecesaria de palabras me parezca hinchazón y, más aún, tumefacción), a lo largo de toda su vida literaria, para regalarnos ahora este libro que es testimonio cabal, y cumplido, (¿Significa aquí “cumplido” algo distinto de “cabal” que haga respetable ese uso de dos palabras para decir lo que una sola habría dicho exactamente igual? Incluso si lo hace - yo creo que cabal y cumplido son de los pocos casos de sinónimos cabales y cumplidos que hay en español, pero bueno - ¿hay algún motivo para que “y cumplido” se añada entre enfáticas comas, que llaman más aún la atención del lector sobre su importancia por motivos que, sinceramente, no se me alcanzan?) de su indiscutible exclusividad, de su destreza no afectada, de su dominio exhaustivo del idioma, de su sinceridad, de su improvisación genial, y de su nomadismo semántico. (Aquí reconozco que el fallo es sin duda mío. Pero no puedo dejar de decirte que, tras diez o doce minutos de concentración intensa y consulta detallada de varios diccionarios, no he sido capaz ni de conjeturar qué rayos pueda ser el “nomadismo semántico”.) De su cosmopolitismo. De su erudición. De su estilo. De su clase. Porque en el caso de Mauricio Wiesenthal concurre la redundancia de que el estilo es la clase. (Coincido en que es una redundancia, en el caso de Mauricio y en todos los casos. Dado el contexto, parece obvio que aquí “estilo” y “clase” quieren decir lo mismo. ¿Y? ¿Por qué llamar la atención sobre la redundancia, en vez de hacer lo más sencillo y conveniente: evitarla?)
Confiemos, aunque casi seguro estoy de que eso a él no le habrá de importar demasiado, (En. “Confiemos EN que a nuestro compatriota…” ¿Tú “confías tu mujer” o “confías EN tu mujer”? Pues es lo mismo. El verbo confiar se usa siempre igual, se confíe EN lo que se confíe.) que a nuestro compatriota le llegue la hora del reconocimiento oficial -que del otro hay sobradas muestras en el libro de haberlo (“Haberlo disfrutado”: Cuando dentro de una oración principal aparece otra subordinada de infinitivo, se da por supuesto que el sujeto del infinitivo es el de la oración principal. Si no es así, hay que hacerlo explícito. “Estoy seguro de haberlo hecho” significa “Estoy seguro de que YO lo he hecho”. Si el sujeto de la oración principal - estar seguro - fuera otro que el del infinitivo, por ejemplo tú, habría que decir “Estás seguro de haberlo YO hecho”. Si omites el Yo, se entendería, en virtud de la regla que he enunciado al principio del paréntesis, que el que “ha hecho” es el mismo que “está seguro”, o sea, tú. En tu caso la oración principal es impersonal, “hay sobradas muestras”; y como el que ha disfrutado del reconocimiento no oficial es Wiesenhtal, es decir, un sujeto distinto del impersonal de la oración principal, hay que nombrarlo: “que del otro hay sobradas muestras de haberlo disfrutado Wiesenthal”, o “de que Wiesenthal - o “nuestro autor”, o lo que tú quieras - lo ha disfrutado”) disfrutado ya a raudales- e, incluso, del éxito. Porque eso será señal de que por una vez, en el país de su lengua materna, (Perífrasis complicada, pero imprecisa. Si su lengua materna es el castellano, como creo, hay cosa de veintitantos o treinta “países de su lengua materna”. ¿Tienes algún problema en decir “en España”, más corto y más exacto? que ahora habita, se hace justicia con los mejores. Mas, si acaso ello no ocurriera, lo que no es descabellado presumir, me tomo el atrevimiento de sumarme a quienes, conociéndolo, lo han amado, lo aman, a él y a su literatura, con estas letras que redacté tiempo ha (No puedo evitarlo: cada vez que leo u oigo “tiempo ha” me acuerdo de un travesti que se las daba de culto en una serie de TV de hace muchos años, y que decía “Hace años ha. ¡Hace muchos años ha!” (Creo recordar que, hablando de alguien que le espiaba, le llamaba “el chivo espiatorio”. Era genial.) Lo siento, pero me parece una expresión trasnochadamente literaria y cursi sin paliativos. No se me ocurre, sinceramente, ni una sola buena ocasión para emplearla, como no sea escribiendo una parodia medieval estilo “La venganza de Don Mendo” o tratando de cuadrar la medida o la rima de un endecasílabo.):
"El aura de un héroe errabundo, junto a los objetos que utilizas, se demora, a veces, para que repares en lo que ellos representan para ti. Algunos gozan de la virtud de ennoblecer tus actos".
No me cabe la menor duda de que el "Snobismo de las golondrinas" -de ese viajero: dandy y vagabundo, rico y pobre, vago y emprendedor, jamás desdeñoso, que es el héroe Mauricio Wiesenthal- atesora los atributos necesarios (Esto debe ser manía mía, pero me chirría el verbo atesorar en este contexto. Atesorar, para mí, no significa solo poseer, sino poseer con una cierta actitud ávida, codiciosa y exclusivista. No me parece un verbo adecuado para sujetos inanimados ni para posesiones que sean cualidades positivas. ¿No basta decir que el libro “tiene” los atributos necesarios..?) para permitirnos (¿”permitirnos”? ¿Es que habría podido impedírnoslo?) ser, después de su lectura, más felices y, consiguientemente, un poquito mejores, también. ¡Enhorabuena, maestro!
.................................................................................................................................
¡LO MAXIMO!: SER PASTO DE "LA HIPERMEGAFIERA LITERARIA" INCLUSO ANTES DE CONTAR CON UN PRIMER TEXTO PUBLICADO Y PUESTO A LA VENTA.
¡TE ADORO VANBRUGH!.
31 comentarios
Aunque sólo sea por haber encontrado un corresponsal tan pedante como el que mentas (toma anacronismo) ya merecería la pena tu ciertamente empalagosa loa del bueno de Wiesenthal que la provocó. El individuo -ya que no se considera público: plural poco elitista que él desdeña, él no es público, sino privado, y que siga así-, el individuo, digo, como todo pedante incurre (del verbo incurrir) en errores que él mismo, para no ir más lejos, podría fácilmente corregir. Torquemada de la crítica entusiasta.
Es bastante típico, como él denuncia en otros asuntos, esos intelectuales desdeñosos y sobrados -de autosuficiencia- que se sitúan por encima de las gentes. ¿De qué académico y rancio submundo te habrá llegado el tipo? Hasta te ha contagiado algo el estilo (que se te pase). Por mi parte, considerando mi escala de oro: primero, brillante, luego, inteligente, después, modesto y, finalmente, entre la gente, este tipo, ¡ay! ni cubre la primera y jamás llegará a la última, porque no es suficientemente "bueno"; en cualquiera de sus acepciones.
Un reproche, Bluff, el post es demasiado extenso para ser tan poco intenso. No creo que vanbrugh se sienta aludido, pero vete a saber, porque hoy medio me ha decepcionado ya una vez.
Olímpicamente, no deseo que me contestes (mucho menos, aquel)
¿Qué puedo decir? Como ya le decía a mi víctima, tengo que aceptar de antemano como bien merecida cualquier reacción a mi tropelía. Ha dado con la más justicieramente cruel de todas: publicarme.
Sí, "por la boca muere el pez" (en realidad, por las branquias)
(bien, Vanbrugh, bien)
non capisco un cazzo!
non me nen fregga un tubbo
¿has probado aleer el post?
Bien, si ha de salir a la luz lo oculto, salga todo. Transcribo a continuación el correo, escrupulosamente privado, con el que hice llegar al Clavadista ese texto que él - tras consultarme, es cierto - ha colgado como post.
"Querido Bluff: me dispongo a cometer un acto execrable. Bueno, para ser exactos lo he cometido ya. Solo me queda dártelo a conocer. Después de que lo haga - cuando recibas este mensaje - puedes expulsarme definitivamente de tu blog, declararme persona non grata, retirarme el saludo e insultarme públicamente. Te daré la razón y no protestaré. Todo lo que hagas, y más, me parecerá justificado.
Es el caso que, extrañado yo mismo por el inusitado rigor con que el otro día critiqué tu post sobre Wiesenthal, lo he releído para ver de averiguar qué era lo que en él despertaba tal hostilidad por mi parte. Aplicadamente me he puesto a anotar sobre él, en tinta roja, para no confundir, mis impresiones sobre cada párrafo.
El resultado lo tienes adjunto a este mensaje. Es un documento de una ferocidad tan minuciosa y estremecedora que a mí mismo, su autor, me impresiona muy desagradablemente. Solo me resuelvo a mandártelo tras considerar que no hacerlo añadiría la hipocresía y la falsedad a los ya graves crímenes de crueldad, arbitrariedad y arrogancia que suponen su mera redacción. Soy así, amigo mío. Así de mala persona. Me avergüenza confesártelo, pero me avergonzaría más aún ocultártelo. Opto, pues, por el único camino posible: no ocultar el crimen, puesto que no puedo deshacerlo, y aceptar con fatalismo cuasi musulmán lo que haya de venir. En tus manos me pongo, y confío en que no seas tan cruel al juzgar mis maldades como fui yo al cometerlas. Pruebas sobradas tengo de tu magnanimidad, pero no sé, no sé...
En fin, muchacho, siento que las cosas hayan pasado así, pero el caso es que así han pasado. Un abrazo póstumo. Recuerda siempre que no fui tan malvado como débil, y que sin duda las malas compañías - tú y Lansky, sin ir más lejos, - contribuyeron en gran medida a mi descarrío."
es que es larguísimo...
Tiempo ha que no me reía tanto. ¿Pero cómo podéis ser tan susceptibles? Todo lo que ha escrito Vangrugh es impecable y el Sr. Bluff tiene una suerte tremenda de contar con una opinión tan sólida. Julián, tú lo tomas o lo dejas, como de hecho haces, y ya está. No es una supermegafiera literaria, sino un crack lingüístico.
Deberías cobrar tus honorarios, Vangrugh.
El número fue todo un éxito, ¡felicidades!
De eso se trata, amadecasa, corazón, de que vosotroh sus lo paseis bien.
Tengo escrita mi crítica a la crítica de Vanbrugh, pero, de momento, no pienso publicarla.
Y para Lansky.... y su empalagosa loa.
¿Qué pegas se te ocurre que podrían ponérsele al libro de Wiesenthal?
Me vais a obligar a acabar con esta polémica -que yo sí considero tediosa, aunque sólo sea por lo extensa y obvia- aunque sea liándome a tiros de Beretta. A ver si estáis de acuerdo:
El Señor Wiesanthal es un antiguo, Bluff es un antiguo, pese a su juventud, ¿Vanbrugh? ni que decir, Yo, también.
Un antiguo es alguien que no cree que el mundo se invente con cada generación y con cada jovenzuelo que prueba por vez primera el beso con lengua (para él sí, pero no para los demás). Un antiguo es alguien que considera que hay cosas que merecería la pena conservar en el mogollón cambiante, aunque eso es también ser un "conservador", y a mucha honra.
Siendo Wiesenthal, Clavdista, Vanbrugh y Lansky tan antiguos, ¿qué coño hacemos usando este sistema de conversación? ¿Nos compramos unas palomas mensajeras? En el lote hacen descuento
A mi lo que me gusta de este sistema de conversación, precisamente, es que me ha permitido resucitar costumbres antiguas, como la de la correspondencia. Hace quince años nadie se escribía ya, mandar cartas era una cosa que sonaba a Madame de Sevigné. El que quería decirle algo a alguien le llamaba por teléfono o, si quería una audiencia más amplia, se iba a un programa de confesiones de la tele. Internet nos ha devuelto la costumbre de escribirnos los unos a los otros. Como indudable antiguo que soy, declaro a Internet antigüedad honoraria.
Señor Vanbrugh:
Muy Señor mío:
Habiendo recibido su atenta del día de los corrientes, debo manifestarle, respetuosamente, mi absoluta disconformidad con la concedsión que sugiere del título de antigüedad a Internet, aunque sólo sea por que no medía en eso del e-mail ni de los blogs ni sellos del estado, con la altiva esfinge de nuestro dirigente, ni sobre con pegamento solapado de amargo sabor, ni cartero que llame dos o hasta tres veces, ni buzón que se precie de metal y con cerradura chunga.
Le ruego por tanto que retire su provocadora sugerencia. Es gracia que espero recibir de usted.
Atentamente, se despide respetuosamente, su corresponsal, que lo es
Lansky
Sr. D. Meyer Lansky
Estimado amigo: he leído con atención su escrito mediante el que se opone, o trata de hacerlo, a lo que llama sugerencia y que es más bien una medida mía, la de declarar Antigüedad Honoraria a la Red, en atención a los méritos que reúne en la benéfica tarea de resucitar buenas costumbres de las remotas épocas de las que usted y yo venimos.
Sus objeciones, querido amigo, me parecen muy dignas de respeto y de interés, pero faltas de entidad. Es cierto que algunos ritos por los que sentíamos un indudable apego - entiendo, por ejemplo, que esté usted especialmente apegado a los sellos, y siento que probablemente no vaya a apreciar este estupendo chiste mío como merece - es cierto, digo, que algunas liturgias se perderán. No más buzones, no más esfinges, digo efigies reales afeando nuestros sobres. Pero son sustituidas por otras: ahora hay que teclear contraseñas, adoptar personalidades ficticias y obtener contactos por medios cuasi clandestinos. Esta sustitución de unos ritos por otros, si cabe más antiguos, me parece una manera orgánica , sana y muy recomendable de renovarse, en la linea de la "renovación" que, oponiéndola a la "taxidermia", tan acertadamente ha defendido usted mismo tratando de otras cuestiones no tan ajenas a la que ahora nos ocupa como a primera vista pudiera parecer. En definitiva, como en tantas otras cuestiones, se trata, amigo mío, de que todo cambie para que todo siga igual. ¿No se siente usted emocionantemente medieval cuando ha de susurrar - bueno, teclear, pero es lo mismo; siempre puede usted teclearlo flojito - un santo y seña ante una ventanilla para poder tener acceso a su programa de correo? ¿No están esta y muchas otras operaciones a que el uso de Internet nos obliga, dentro de la más clásica y gloriosa línea de la correspondencia cifrada y las misivas secretas? ¿No cree usted que la Red es una digna heredera de lo más noble y vistoso de los servicios de postillones de los reinos europeos? Pues yo sí lo creo. de manera que me veo en el caso de rehusar su solicitud y mantener mi declaración de Internet como Antigüedad Honoraria. Contra este acto, que pone fin a la vía administrativa, puede usted, desde luego, ejercer las acciones que tenga por oportunos, pero seguro estoy, querido amigo, de que se lo pensará usted mejor y se adherirá a mi declaración. Reciba entretanto un cordial saludo.
Sr Don lo que sea Vanbrugh:
Sin pretenderlo o a-posta (a "postas", ya que gusta usted tanto del chascarrillo fácil como de conceder títulos que nadie le ha autorizado a regalar) es el caso que me ha ofendido usted por varias y distintivas razones: su ironia de efigie por esfinge (un lepidoptero nocturno, por cierto, y no la sádica quimera que vacilaba a los caminantes), su irritante descaro, invocándome como autoridad de sus tésis, a mí mismo y a mis escritos de consevación y taxidermia (aunque recojo el homenaje), en fin su displicente tono que se quiere respetuoso.
Por todo lo que antecede, le hago saber que le espero en las tapias del cementerio de la Almudena, salida oeste, con sus padrinos para solucionar este enconado asunto. Como ofendido elijo el arma y elijo sable.
Reciba mis más respetuosos saludos y hágame el favor de transmitírselos también a su madre y a su esposa, para el niño, cualquier carantoña servirá
Lansky
Mi querido muchacho, mis chascarrillos parecen fáciles, pero no lo son. No me parece necesario extenderme en este punto, porque supongo que ya se habrá dado cuenta del mejor modo posible, es decir, con la propia experiencia. Lo ha intentado, y eso está bien. Sobre todo porque le habrá servido para apreciar en directo la diferencia entre un chiste que parece fácil, - el mío - y otro que lo es, sin duda alguna.
Lamento decirle que cada vez que he tenido que ir a la Almudena, indefectiblemente, me he perdido. Los duelos - de ambas clases; los que siguen a un fallecimiento y los de esta otra clase que usted ahora me propone - no se producen en mi entorno, aún, con la frecuencia necesaria para que de una visita mía a ese interesante lugar a la siguiente no se me olviden los complicados trucos de tráfico y proezas emetreintísticas que es necesario acumular para llegar allí. Intentaré, desde luego, ser fiel a la cita, y llevaré conmigo el cuchillo jamonero a que se reducen todas mis disponibilidades de armas blancas. (Mi madrina, lo siento, es una anciana de movilidad dificultosa, y mi padrino falleció hace años. En materia de parientes espirituales dispongo de unos cuantos ahijados, tan solo. ¿Sirven?) Pero si no estoy, sepa usted que no serán ni la cobardía, ni la indiferencia ni el olvido los culpables de mi ausencia, sino tan solo mis dificultades con el tráfico rodado madrileño.
Transmitiré sus saludos a mi esposa e hijo. Si me lo permite, y en atención al respeto que usted me merece, a este último no le diré nada de la carantoña que me propone. Tiende a ser riguroso y sarcástico al juzgar a los adultos y no quiero que le entre usted mal. Bastará un simple apretón de manos. En cuanto a mi madre, podrá saludarla usted mismo aprovechando que estaremos en la Almudena, donde hace años ya que fijamos su residencia definitiva.
Permitame hacerle notar que muy probablemente las razones por las que le he ofendido sean distintas, y no, como usted dice, distintivas. Por no perder la costumbre.
Reciba un cordial saludo.
Sr Vanbrugh que el diablo confunda:
Es el colmo que utilice al señor Gallardón, constructivo doncel, para esconder su pusilánime ánimo (me encanta ese epíteto y substantivo juntos pero no revueltos). Ni que decir que lamento el óbito materno y le disculpo sobre su confusiónes entre duelos y duelos, de hecho, me duele, y entre padrinos y padrinos, aunque quizá, si a usted al bautizarle, los interfectos le hubieran ahogado en la pila o, al menos, le hubieran dado un buen coscorrón en el colodrillo, otro gallo nos cantara. Y digo distintivo y no distinto, y digo bien, porque aludo a signo o señal, la que en este caso usted no tiene.
Salude como guste al niño, pero procure por todos los medios que se parezca lo menos posible a usted y lo más posible, si es más posible, al repartidor de butano, ese robusto polaco que mantiene, de diversas formas, el fuego de su hogar; además, el homenage a la sangre, o la os genes, como se dice tontamente ahora, siempre es justo.
P.D.- en mi blog, que es el de usted, le contesto a esa ridícula objección al meñique como instrumento apto para extraer mocos. Dios guarde (bajo llave) a usted y tal y tal
Lansky
¡Por Dios, Bluff, pon fin a esto: Vanbrugh no se va a detener!
Qué barbaridad. Me pone a bajar de un burro solo porque me he permitido señalarle a mi amigo Bluff algunas pequeñas mejoras que cabría realizar en un texto suyo para que resulte aún más de mi agrado, y mi amigo Bluff ha tenido la amabilidad de publicarlas aquí. Me acusa, en otro blog, de sacarme mocos en los semáforos, y, encima, de hacerlo con el meñique. Acusa al río Ebro de nacer en Aragón. Se opone a que yo declare antigüedad honoraria a Internet, como si yo no tuviera derecho a declarar lo que me dé la gana; y cuando con la mayor cortesía y excelentes razones, en las que llego al colmo de invocarle a él como autoridad, insisto en mi propósito, me reta a duelo nada menos que en la Almudena, con lo incómoda que queda. Y con sable, a mí, que me rebano dos o tres dedos cada vez que intento cortar un poco de jamón. Llama interfectos a mis padrinos, solo porque no me ahogaron en la pila. Insinúa repugnantes sospechas acerca de que pueda haber, en mi honrado hogar, una instalación nada menos que de butano. Se comporta, en fin, con lo que si yo fuera Wiesenthal, o el Clavadista, sin ir más lejos, llamaría genuina vesania, frente a la que yo muestro una imperturbable cortesía que, sin embargo, no basta para aplacarle y hacerle entrar en razón: pretende ahora que sea yo, ¡yo! quien se detenga o, en su defecto, que intervenga nuestra pobre anfitrión. ¿Qué es todo ello sino una tácita - bueno, tácita: ¡más quisiéramos! - confesión de que ha perdido por completo el control de sus actos, si alguna vez lo tuvo? Me confieso incapaz de enfrentar con calma por más tiempo a este enloquecido oponente. Me retiro. Clavadista, señores, ha sido un placer. Me voy a comer.
Te mataré, en duelo o a base de paciencia, aunque no veré pasar tu cadáver por delante de mi puerta: ni queda cerca de la Almudena ni veo en ese espectáculo aliciente alguno, salvo las mulas engalanadas, los corteses cortejos, la codicia de tus herederos, apenas disimulada, la alegría de tus deudos, apenas contenida para salvar las apariencias, la subasta de tu biblioteca, el pronto casamiento de tu viuda; pero consuélate, el rencor es lo que tiene: yo no te olvidaré.
Toda esta amena controversia me ha distraído, imperdonablemente, de lo verdaderamente importante, a saber: darle las gracias a ama de casa por sus amables palabras, que no por inmerecidas dejan de confortarme muy agradablemente los ánimos. Con amigos así es fácil enfrentar con corazón ligero los rudos embates de... En fin, usted ya me entiende. Mil gracias, amiga mía.
Ya, Vanbrugh, cambia de interlocutor como el que no quiere la cosa (¿qué cosa?: la cosa); es el equivalente a mirar a otra parte. ¡Mírame cuando te hablo, sobre todo cuando te amenazo!
En Internet, esa antigualla honoraria que tanto te mola, venden sables por correspondencia; te recomiendo alguno de asalto de la marina. Y, por cierto, ¿cómo es que comes jamón -cuchillo jamonero, tienes- y al niño sólo le das bocadillos de mortadela?
Te miro, Lansky, te miro cuando me hablas. De vez en cuando, al menos. Hablas mucho y mirarte todo el rato que hablas acabaría siendo algo cansado, sin contar con que prodigas demasiado tus amenazas y pierden eficacia. Te miro y a veces no doy crédito a mis ojos. Aparte de que, por fascinante que sea tu conversación, has de reconocer que, entre mirarte a ti y mirar a ama de casa, la verdad...
Venga, muchacho, relájate y disfruta. Tenemos un largo Viernes por delante.
Con que amenazo mucho, ¿eh? Si tu no tuvieras tanto agüante yo no tendría que amenazarte de contínuo; es como esos maltratadores, siempre nos hostian por nuestro bien y yo te querría más machote y belicoso, pero en fin, los adversarios no se eligen, son un destino. Y otra cosa, ¿no te has planteado que la dulce, amable y elogiosa ama de casa sea un camionero con más pelo en el pecho que tú y yo juntos?
En esa clase de procesos en los que se va aumentando el estímulo en tanto se mantiene la respuesta es obvio a quién, siendo razonables, corresponde frenar. Las fuerzas irrresistibles solo pueden coexistir con los obstáculos inamovibles en la teoría, donde nadie sabe cuál sería el resultado de su encuentro. En la práctica hay siempre alguno de los dos, la fuerza o el obstáculo, que resulta no ser tan irresistible o tan inamovible como se creía. Por mi parte te advierto cordialísimamente que me tengo por francamente muy inamovible. Es mi modalidad particular de belicosidad, que, dicho sea con el menos jactancioso y más amistoso de los ánimos, harías mal en minusvalorar.
No, no me lo he planteado ni me lo planteo. Susténtese en la persona física que se sustente, la persona internética "ama de casa" ES, incuestionablemente, dulce, amable y elogiosa, por no citar más que las superficiales virtudes que tú citas y que no me parecen ni las únicas ni las más importantes. Las posibles pilosidades de sus avatares en el mundo real me traen al fresco.
Bah. te estás relajando en exceso: te he puesto esa diéresis inexistente en la "u" de aguante y nada.
Por lo demás estás absolutamente taoista y tal con lo de tu resistencia pasiva y tu belicosidad sin agresión; donde esteé una buena hostia que se quiten las chinerías filosóficas.
la amabilidad noi es una cualidad superficial, ni mucho menos, ahí si que disiento en serio de tí.
Muy cierto, la amabilidad no es una virtud superficial, suponiendo que haya alguna que sí lo sea. Ahí tienes toda la razón. Nada más lejos de mi intención que desdeñar lo amable.
En cuanto a tus diéresis, recuerda que hay de por medio una bula. Imprescindible, por cierto. Si no existiera, y tuviera que corregir todas tus comas y acentos, no haría otra cosa. Gracias a ella puedo dedicarme solo a tus errores de concepto y dejar pasar los de forma.
No sabía que mi no violencia activa fuera taoista. Casi me apetece menos, así. Los chinos me quedan afectivamente un poco lejanos.
Pues eso es lo que tu eres: un chino cargado de comas y tildes
Hay que joderse...
Resulta que me estoy leyendo una antología poética de Quevedo. ¿Se habrán reencarnado en ustedes los espíritus de Don Francisco y Don Luis?
Me hacéis reír, sonrojar, sonreír, reflexionar... Os quiero (desde hace tiempo ya).
Nada de Quevedo y Góngora. Vanbrugh es El gato con botas y yo El satrecillo valiente
Hombre, por una vez estamos de acuerdo. (Eso sí, me pido no estar doblado por el insufrible Antonio Banderas).
(Entre Quevedo y Góngora no sé con cual NO quedarme).
Escribe un comentario